Hay muchos temas tan polarizados que su sola mención en frente de alguien que lo apoya o se opone a él conduce a una acalorada discusión que por la misma e implícita cerrazón no llega a ningún lado, sin embargo, a pesar de tener una posición definida, me gustaría abordarlo de todos modos, esperando que si se suscita alguna discusión, no resulte perdida, el tema en cuestión es, *redoble de tambor*, tauromaquia.

La polarización en cuanto a esta práctica, sin embargo, va definiéndose poco a poco, pues hace unos meses la tauromaquia fue prohibida en Cataluña, allá en España, e incluso aquí en México una iniciativa fue promovida recientemente por el PRI y el Partido Verde, si tiene éxito, las corridas de toros podrían ser prohibidas en el D.F. durante el transcurso del próximo año.

Una vez en un debate sobre el tema un tipo que se creía muy listo me dijo “si comes carne no puedes oponerte a la fiesta brava, pues la crueldad es peor en los mataderos”, yo, primeramente, le aclaré que no como carne, pero que aún si la comiera tendría todo el derecho de oponerme a la llamada “fiesta brava”, ¿por qué? Simple, porque si bien es cierto que mucho hay que hacer para regular la nefasta situación en los mataderos, nunca será lo mismo sacrificar a un animal para satisfacer una necesidad fisiológica, comer en este caso, a hacerlo por una práctica que no es igual de básica, llámese un arte, un deporte, etcétera.

El principio es muy simple, si no respetamos a los animales usados en las prácticas que nos sirven de recreo… ¿cómo podemos esperar respetar a los que nos vamos a comer? Por lo tanto, se debe comenzar por prácticas como esta e ir de ahí hacia arriba.

Por el contrario, en contra de la tauromaquia se habla del sufrimiento de los toros, mi madre me contó una historia de cómo mi abuelo, a quien no tuve la suerte de conocer, la llevó a ella y a su familia a una corrida de toros cuando ella era niña… a pesar de su edad (o quizás, gracias a ella) mi madre no entendía la fascinación que el público sentía por el suplicio del toro y, al final, rumbo a la salida, mi madre y su familia pasaron cerca del área donde yacía el toro, tirado, ensangrentado, respirando arrítmicamente y bufando mientras la vida se le escapaba… esa imagen de sufrimiento la marcó.

Y es que a pesar de las obvias señales de maltrato y sufrimiento que estos animales presentan, existe una serie de personas que sostienen que los toros no sufren, por principio de cuentas, un veterinario español fanático de esta práctica, llamado Carlos Illera del Portal, realizó un “estudio” en el que realizó una serie de autopsias a toros muertos en corridas, analizando las sustancias segregadas por sus cerebros antes de morir… su interpretación de estos análisis sostenía que los toros no sufrían, sin embargo, el criticismo no se hizo esperar, pues para un estudio válido que comprobara sus resultados, los análisis debieron haber sido realizados en tiempo real, mientras el toro vivía y era sometido al estrés y heridas que usualmente sufre en dichos eventos.

Algunos defienden a esta fiesta por el legado cultural que representa, sin embargo, sacrificios de animales se realizaron durante distintas etapas de la historia, ya sea debido a causas sociales, culturales o incluso religiosas, todas ellas de suma importancia para sus practicantes, pero dejadas atrás debido al barbarismo que exhibían, que superaba su supuesta riqueza o representación de la cultura en que se practicaba.

De la fiesta brava se dice que es un arte de carácter universal, representado por pintores, músicos, escultores y escritores, que es “la fiesta más cultural del mundo” y sin pretender hacer oídos necios sólo por hacerlos, les pregunto…

¿Es válido conservar toda esa supuesta riqueza cultural a costa del maltrato y sacrificio de la vida de otro ser vivo? Algo que como seres humanos hemos aprendido en otros aspectos de la vida es que la actitud de elevar lo que nos causa placer por encima de sus consecuencias es negativa, de hecho es un rasgo característico de los adictos y de distintos trastornos mentales, algunos de ellos severos.

Pero más importante, ¿qué dice de nosotros como sociedad, como raza y como personas si una de nuestras principales “fiestas culturales” exige el sacrificio de otro ser? Y peor aún, ¿qué dice de nosotros todo eso y que a la mayoría no le importe, ni le moleste?

Gracias por leer