Hay un viejo dicho que dice que siempre queremos lo que no podemos tener… he descubierto que en gran medida es cierto, tanto en aquellas cosas que tenemos tan cerca y atesoramos (incluso más de lo que nosotros mismos imaginamos,) pero no podemos alcanzar, no como queremos al menos, como aquellas que si tenemos, pero queremos cambiar constantemente…

A veces los caminos de viejos dichos e ideas se cruzan, haciéndonos valorar aquello que tenemos hasta que lo perdemos, o valorando aquellas cosas que no podemos tener, pero más queremos… o en última instancia, dejando partir aquello que creemos que es nuestro (o nunca hemos conseguido) en la esperanza de verlo regresar a nosotros, demostrando que siempre fue nuestro…

La intrincada composición de la realidad siempre presenta cuestionamientos que el individuo que la atestigua se puede hacer y, si es suficientemente observador, responderse de un sin fin de maneras, llegando a un astronómico número de respuestas, variantes en su naturaleza y complejidad, pero muchas de ellas sustentables en un espectro práctico, a pesar de su naturaleza contraria…

Al final, aquellas intrincadas fantasías de la infancia, duendes y hadas, un manto celeste plagado de vida aparente y fantástica, una luna hecha de queso, todo, todo parecía posible, incluso real entonces… al menos hasta que, en la misma infancia, esas nociones se van gastando ante el predominante papel que el sentido común cobra cada vez con mayor fuerza… las fantasías antes seguras se convierten en verdades erráticas y cuestionables, ante hechos conocidos que antes poníamos en duda, pero se vuelven cada vez más factibles…

Así como lo anterior, cada nuevo elemento presentando en la particular existencia de un individuo se convierte en una verdad (o mentira) que cambia de forma y se balancea con el tiempo hasta tomar una forma discernible que se define un poco más cada día (amén de que en algunos casos no queramos verlo…) hasta que solo queda su forma más pura, esperando a que tengamos la capacidad para aceptarla como lo que es y proceder de acuerdo a ello…

Nos encontramos cada vez más inmersos en aquello que queremos, en nuestros más profundos deseos, creyéndolos siempre posibles hasta que nos damos cuenta de que la cuestión no siempre depende de nosotros y metiéndonos en situaciones tan complicadas por ellos que después no podemos o no sabemos como salir de ellas sin rasgarnos el alma en el intento…

Caminamos, caminamos por la vida buscando el sentido puro de transitar por ella, sin pensar en que hay una razón para la ausencia de una instrucción o un manual, sin pensar en que esa razón debemos buscarla nosotros… sin pensar en que, aunque nos parta el alma, esa razón no siempre es aquella que deseamos para nosotros… pero agradeciendo cuando si lo es…

Hay muchas razones para vivir, muchos objetivos a lograr y muchas maneras de llegar a ellos, pero a veces, cuando la necesidad de alcanzar tales metas más apremia, cuando el destino observado no solo es más deseado, sino más necesitado, la pregunta es… ¿Debemos? ¿Debemos transitar esos caminos? ¿Realmente estamos hechos para llegar a ese destino?

Mientras escribo esto, llego en medios recuerdos que se mezclan con las fantasías de antaño al punto de mi infancia en que todo era posible, en que alcanzaba las estrellas con la mano por las noches, y aunque tocaba la luna y con mis dedos recorría las formas definidas pero irregulares en los contornos de sus cráteres, siempre me preguntaba en realidad de que estaba hecha, porque aún rodeado de fantasías, la verdad comenzaba a asomarse y ya sabía, aún entonces (aunque no sea nada sorprendente) que no estaba hecha de queso…

La vida me ha traído por un camino lleno de satisfacciones, de personas que aprecio y quiero, por quienes haría todo cuanto pudiera cada que fuera necesario, un camino que volvería a recorrer de tener elección… sin embargo, siempre se llega a situaciones difíciles, en las que nos metemos casi sin darnos cuenta, situaciones que sistemáticamente nos destruyen por dentro, pero no podemos dejar así como así sin lastimar a otros o a nosotros mismos, casi tanto como lo haríamos de permanecer en ellas…

A veces se encuentra uno frente a varios caminos posibles, en un mundo perfecto, o por lo menos, bajo idóneas circunstancias, alguno de esos caminos nos ofrece una alternativa más saludable (en lo discernible al menos,) que es más lógica, pero no siempre es así… a veces te ves limitado a un pequeño número de caminos que te ofrecen finales igual de trágicos y desastrosos y cuya única posibilidad de escape ante tal escenario pende vacilante de la cuerda del azar, posibilidades incalculables e insospechadas, no confiables… ¿Que haces ante ese panorama?

En momentos como ese nos invade esa misma actitud de la niñez, la de quedarnos paralizados y espectantes ante lo desconocido, ante lo que no entendemos, actitud que quizás se podría interpretar como una crédula espera a que las cosas se resuelvan por sí mismas, pero que a veces puede ser un intento por practicar el pensamiento lateral, dejando a los hechos desarrollarse, mientras nos apartamos temporalmente de ellos en espera de una señal, de una respuesta que podamos usar…

Así llegamos al punto final de la reflexión, en el que nos encontramos mirando el panorama, buscando detalles que antes no estuvieran y cambios en la imágen predominante, buscando esa pequeño detalle, esa pequeña señal que nos conduzca a una respuesta, aún y cuando sea aquella que tanto tememos y dudamos en usar, por sus concecuencias para nosotros y los demás…

Al final, mientras crecemos, nos vamos resolviendo las dudas, cuestiones y nociones de la infancia, algunas las aprendemos y otras las damos simplemente por sentadas, teniendo aquellas respuestas que las sostienen a nuestro alcance, pero sin revisarlas… ¿De que está hecha la Luna? la mayoría de nosotros tenemos una idea o noción correcta de ello en estos días, pero… entre nosotros, ahora mismo y sin acudir a un material didáctico de apoyo… ¿Quién lo sabe exactamente?

Fin de la Entrada.