Es un hecho que todos estamos destinados a tropezarnos demasiadas veces con la misma piedra, quizás hasta que entendamos que no basta con fijarnos en que parte de la piedra nos estamos tropezando, sino que hay que esquivar la piedra de lleno, pero siendo honestos, aún después de eso lo volveremos a hacer, ya sea por la caducidad de nuestra memoria o por hacer el honor a aquella frase, ya choteada, de que “la locura es intentar lo mismo demasiadas veces, esperando un resultado distinto cada una de ellas.”

Hay demasiados tipos de errores y demasiados campos y aspectos de la vida en donde cometerlos y mejor no entramos en las cuestiones de la responsabilidad, pues cada error que cometemos le cuesta algo a alguien, regularmente (pero no limitado) a nosotros mismos…

A veces llegamos a un entendimiento de lo que estamos haciendo mal, pero no hacemos algo al respecto porque no queremos, no podemos o simplemente no sabemos, ya sea por estar atados a un sentimiento que queremos recuperar o al miedo a no haber probado otras alternativas…

A veces saber donde te equivocas y saber que hacer para corregir tu curso no es suficiente, no cuando te falta la fuerza y voluntad de aceptar que tu destino, que aquello que anhelabas para tí mismo no es lo tuyo y quizás nunca lo sea… a veces se reduce a una cuestión de ego, de aceptar que no sabes lo que realmente es para tí, sin imaginarnos que es posible aceptar esa noción y dejar de manifiesto que eso no quiere decir que no lo entendamos.

El valor que necesitamos para corregir nuestro curso, reparar nuestros errores y la fuerza para no volverlos a cometer está dentro de cada uno de nosotros, pero no es fácil llegar a ella, es una lucha diaria contra nosotros y nuestras ideas de lo que queremos, lo que deberíamos tener y lo que creemos saber nuestra vida, que no necesariamente es cierto, pero que, reitero, no por ello escapa a nuestro entendimiento…